Frente al amor de Dios por Israel, resalta la ingratitud de Israel que se manifiesta en el desprecio por el Templo
Malají abre con la descripción del amor de Dios por el pueblo de Israel, describiéndolo como un amor eterno que no depende de las acciones. En contraste con este amor se subraya Su odio hacia los hijos de Esav, que se manifiesta en la heredad de Esav desolada y desértica.
La heredad es la que simboliza la elección de Dios y la herencia que heredó Iaacov —y no Esav— de Abraham y de Itzjak. El profeta alienta a los que regresan a Tzión a prestar atención a la hermosa heredad a la que han vuelto, a la elección continua de ellos y de sus padres, frente a la desolación de sus adversarios y perseguidores de su heredad. El regreso a Tzión y su reconstrucción muestran al pueblo de la manera más clara la elección de Dios hacia ellos.
Pero entonces Malají continúa describiendo la respuesta del pueblo hacia su Dios: desprecio hacia Dios y presentación de sacrificios viles y repugnantes con defectos. La situación es tan grave que, desde la perspectiva del profeta, sería preferible que el pueblo no ofreciera sacrificios en absoluto: "¡Oh, si hubiera entre ustedes quien cerrara las puertas para que no encendieran Mi altar en vano!" (versículo 10).
Cabe destacar que en la época de Malají el Templo era nuevo, recién construido; por lo que no se trata de un proceso de deterioro gradual, sino de un desprecio intrínseco hacia el Templo y los sacrificios desde sus mismos comienzos. (A diferencia del deterioro progresivo que ocurrió en el pasado, tal como se describe en el libro de Yeshaiahu capítulo 1 y en el libro de Shmuel I en los capítulos 2 y 3).
El pecado comienza con la declaración: "La mesa del Señor es despreciable" (versículo 7). El desprecio no comienza con el acto de sacrificar un animal defectuoso, sino en un lugar más profundo: cuando en la conciencia de las personas reside el pensamiento de que el Templo de todos modos ya no es tan honorable y glorioso como lo fue, y que también se puede menospreciar los sacrificios y reservar la calidad para las necesidades personales.
Los que ofrecen sacrificios le dan a Dios menos honor del que le darían a un padre, a un gobernador o a un señor, siendo que Dios es mucho más honorable que cualquiera de ellos: "Porque desde la salida del sol hasta que se pone, Mi Nombre es grande entre las naciones" (versículo 11) — todas las naciones en toda la tierra honran a Dios, y solo el pueblo de Israel, el amado de Dios, desdeña Su ofrenda.
Malají crea un contraste que resalta la ingratitud: frente al amor de Dios por el pueblo de Israel, mencionado al comienzo del capítulo, resalta el gran desprecio de Israel hacia Dios.
Los referentes que escriben en esta sección son mimebros de la organización Najat-Jóvenes Amantes del Tanaj, un Centro de Estudios de Tanaj para la juventud